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ENVEJECER

Por sus manos surcadas de arrugas, abultadas venas y salteados lunares,  resbalan las frías gotas de la vejez, diluida en el transcurrir de tanta soledad.  Yace olvidado sobre el regazo,  el trapo de secar los enseres de la vajilla; se le cansaron las piernas de aguantar su cuerpo desgastado, se le cansó el temperamento a fuerza de estar sola. Trozos de porcelana fina yacen en el viejo parqué; se mira en el cristal de la ventana y no se reconoce,  la edad no es solo un número sobre los hombros, es un pasar los días añorando, una mirada atrás por cada lustro, una amanecer más, un atardecer menos. Fotos de otro tiempo sobre la encimera, risas y mentes despreocupadas, miradas inocentes, cuerpos de ausencia, muchas primeras veces inmortalizadas en descoloridas cartulinas. Le gusta recrearse, posando los ojos cansados  en cada historia vivida,  las mira, sintiéndose parte de este mundo. Carmen Martagón © Foto: Rocío Escudero Alfonso ©

Sencillamente humana y visible

Mujer para acunar un sueño, mujer para besar la luna, mujer que no siempre sonríe, a veces, mal hablada, otras veces, llorona, cariñosa y sensible. Mujer que no lleva tacones, mujer plana hasta en el reverso, mujer sin carmín, sin esmalte  a ratos, con ropa de domingo, arreglada en las fiestas  y otras veces descalza.  Mujer vestida de uniforme, sargenta, teniente, personal de cabina, auxiliar de vuelo que no azafata.  Bombera o jubilada.  Bordadora o modista, soltera, sola, acompañada, a ratos en pareja, a ratos nada.  Mujer con rayos y centellas,  heroína sin cuento,  princesa sin corona, solitaria belleza. Mujer de siesta o de paseos, de orilla o montaña,  natural o enlatada, mujer en sentimiento, con o sin vulva,   con mirada. Mujer de pecado sin serpientes, dolorosa y callada, madre, esposa, hija o hermana, decente o indecente, tal vez todo, tal vez nada. Simplemente persona, sencillamente humana.  Invisible... demasiadas ...

La última

La última, la de la fila infinita en esta vida, a la que nunca llegan las bondades, la que siempre resuelve la partida, la que se queda en tablas o en el aire. La última, la que no espera confesarse tras la misa, la que olvida la hora en este baile,  la que al perder se le olvidó la risa, la que olvida desaire tras desaire. La última, ni primero, segundo o tercer puesto, aunque solo sean tres en la contienda, la que nunca encuentra un buen asiento, la que siempre espera que la entiendan. Carmen Martagón © 

Hogar extraño

La he visto morder la almohada, noches y noches, en una casa extraña, la he visto bajar la cabeza, ante la palabra vana, la amenaza velada, la mirada lasciva. La he visto masajear sus pies, estirar los dedos y cerrar los ojos; dolorida razón la lejanía, dolorido desencuentro el de ella misma. La he visto sentir culpa por las culpas ajenas, dar amor y recibir desprecio, acompañar y encontrarse aún más sola. La vi soñar con abrazar a los suyos y no encontrar lugar para el abrazo. La he visto fregar horas y horas, limpiar cacas ajenas, escuchar falsas palabras y ofrecer mil sonrisas. Limpiar, barrer, comprar, cocinar, acompañar, por un puñado de euros, por un puñado de arroz, por un plato en otra mesa, por un techo sin estrellas, por un puñado de tiempo. La he visto desear la muerte, luchar por la vida, dejarse llevar y abandonarse. Tambien la vi resucitar, tratar de respirar acompasado y agarrarse a la mano amiga, a la sonrisa ofrecida y a la esperanza, ...

Normalidad

Cerrar los ojos, cerrar la boca, mirar sin ver, tratar de ver sin atreverse a mirar, hablar sin encontrar palabras. Morir a solas, llorar a solas, velar la sombra, sombras veladas entre paredes blancas, sollozar sin encontrar lágrimas. No hay luto en el mundo para el dolor, ni todos los crespones ni todos los himnos, ni todos los salmos, cánticos y rezos, devolverán la paz a las almas errantes a las que la muerte pilló desprevenidas. Se suceden los nubarrones en las cabezas, el dolor se ha apoderado del mundo, de las casas, de los padres, las madres, hermanas, hijos; el dolor se ha apoderado del tiempo, el miedo se adueñó de los días, de los pasos, los besos, las caricias, hasta de la respiración entrecortada de los amantes. Dime que no he de convertirme en peor persona, que seguiré siendo la misma imperfecta en esta normalidad absurda que, algunos, han inventado. Carmen Martagón

Virus

Me acurruco en este miedo instalado en las esquinas de los cuerpos, el frío de las salas heladas guarda la memoria de los viejos; un microscópico ser limita las vidas y condiciona las muertes. Un virus ha cerrado las puertas con su diminuta presencia; aislado las risas, limitado las palmas a unas pocas horas de balcón. Reducido el arroz a cazuelas de barro y el vals de enamorados al salón del hogar de los casados, o las parejas de echo, incluso, ha lacerado el tiempo a los amantes. El tiempo, las horas, los días, apenas tienen ya sentido, los relojes cuelgan inertes sobre la pared, la madera o las muñecas de los desamparados. El desamparo se adueñó de los mayores, los solitarios, los dependientes, los autónomos, los auxiliares, los sin techo. Cada techo cobija un miedo diferente, un frío desigual con el que sentarse a esperar. Carmen Martagón ©

AMOR MADURO

No tuve tiempo de preguntarle a mi abuela sobre el amor, la vida pasó deprisa por sus canas y un dragón de silencios le sesgó la memoria, mientras yo florecía entre sus brazos. A veces, las vivencias nos llevan al pasado donde todo lo obvio se deshace en   segundos, y solo los recuerdos responden a las dudas. No se percataron mis sentidos de niña, en el brillo de sus ojos al mirar a mi abuelo, no se me ocurrió entonces, que sus mejillas también se arrebolaban cuando las manos amadas tomaban las suyas, o el dorso de los dedos rozaban su vientre. Empeñada en crecer, vi pasar ante mí este mismo amor maduro que me inunda, este sueño otoñal, cargado de deseo, y solo percibí la armonía que ofrece el pasar de los años. En ese palpitar de la añoranza, cuando ella marchó por ley de vida, asomada yo a aquel dolor por su pérdida, mirando el rostro sombrío de mi abuelo, jamás se me ocurrió pensar que él no echaba de menos a mi abuela, sino a la dueña de aquel a...