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Pecadora

Parpadeas, tratando de acomodar la visión
en esta cegadora luz de la mañana.
Tus ojos, acostumbrados al lento transcurrir de las horas nocturnas,
se desperezan despacio;
tiempo necesario para recuperar la cordura
tras la locura indolente de los sueños.

Quisieras seguir adormilada,
en ese tiempo neutro donde no pasa nada,
donde la línea de tiempo parece un horizonte plano y lejano.
Dejarte caer en brazos de morfeo
o abrazarte a la pereza,
escapar de tanta realidad que te rodea,
transformarte en irreal, invisible, etérea, volátil, sutil, vaporosa, voluble, invisible.

Ser ese polvo que vaga suspendido en la luz,
el rayo que se cuela por tus rendijas,
ese que inicia un nuevo día,
con el que despiertan todos los misterios.

Despiertas, a sabiendas que siguen dormidas las ganas de seguir.
Emoción, deseo, pasión, entusiasmo, fervor, efusión, devoción,
palabras vacías de contenido ahí en el pecho.
No se eriza la piel al recordar,
solo es reflejo del frío que se instaló muy adentro.

Despiertas,
frío témpano de mujer,
frágil gota de hielo a merced de la tormenta.
La ira ha convertido en invierno las entrañas,
el odio ha cegado tus ojos,
el miedo paralizó la risa.

La risa...
Mueca desconocida, para quien lleva dentro todos los pecados del mundo.

Carmen Martagón ©

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