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Mamá

        
            Ana observaba embelesada el fuego de la chimenea. Desvió la mirada despacio hasta posarla, uno por uno, en quienes le acompañaban a la mesa. Todos charlaban animadamente. Los platos ya vacíos tras la deliciosa cena. Las copas aún llenas servían para animar la conversación. Buscó a su madre pero, una vez más, no la encontró. Mamá debía estar en la cocina, ya se sabe que las madres siempre son las últimas que se sientan y las primeras en levantarse, especialmente en las cenas navideñas. Apuró su copa de agua decidida a buscarla, cuando se percató de que las luces del resto de la casa estaban apagadas. Mamá no podía estar en la cocina a oscuras. 

          —¡Mamá!—dijo alzando la voz.

            Todos se volvieron a mirarla. Aquellas expresiones tristes en sus rostros y sus bocas tratando de esbozar una sonrisa tierna, le hicieron temer cuáles podían ser las razones por las que su madre no estaba allí. ¿Qué había sucedido? No podía recordar nada.

          —Ana, corazón, no has probado bocado. Si sigues empeñada en no comer el doctor va a tener que tomar medidas drásticas. Venga, una cucharada... —dijo una chica joven que se colocó en cuclillas a su lado.

           La Residencia de ancianos "La Dehesa" contaba con un gran equipo de profesionales. En Navidad, las auxiliares acompañaban a los ancianos en las cenas, para hacerles sentir parte de una gran familia.

Carmen Martagón ©

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