Me gustaba todo de ella, su nariz afilada, sus ojos vivos y pequeños,
ese lunar en la mejilla, sus dientes perfectos y aquella forma de reír
que hacía temblar todo su cuerpo y el mío. En muchas de mis noches sin
ella me despertaba echando en falta su piel de seda, sus labios tiernos y
suaves, su boca provocadora y aquellas carcajadas que descomponían la
belleza de su rostro.
Decía que yo la hacía reír, que nunca había conocido a
nadie tan divertido... ¡Tan divertido! Sí, tan divertido... No decía
alguien tan apasionado, tan fogoso, tan detallista o guapo, no, eso no.
Aquella noche, en la fiesta, no paraba de reírse y sus
carcajadas retumbaban en mis oídos mientras bailábamos aquella canción.
Apenas terminó la pieza me aparté de ella, necesitaba salir de allí.
Llegué al jardín de la casa y me alejé un poco para respirar aire
fresco. Miré hacia atrás esperando encontrarla tras mis pasos pero no
apareció, ni esa noche ni ninguna otra.
Desperté con un terrible dolor de cabeza, había soñado con
carcajadas y miles de bocas que me perseguían por un bosque oscuro...
Me costó recordar cómo había llegado a casa, pero en un instante todo
apareció en mi cabeza, como los fotogramas de una película: su cuello,
sus ojos, sus carcajadas apagándose, la noche, el jardín, el pozo junto a
la casa, la sensación de miedo en mis entrañas...
Me levanté para ir al baño y estiré los brazos, que sentía
entumecidos. Tenía una sensación extraña en todo el cuerpo. Me lavé la
cara y mojé mi pelo. Me miré al espejo pero no me vi...
Texto: Carmen Martagón ©

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