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Hijo



Viniste a completar la vida,
te adueñaste de cada rincón de mis entrañas,
unido a un cordón que alimentaba tu cuerpo,
alimentando mi alma, a la par.

Llegaste para quedarte en mí,
dormir y despertar,
despertar, alimentarte y dormir,
despertarme, despertarme, despertarme,
ser un cuerpo tomado por completo,
así, hasta el fin de mis días.

Llegaste para ser a la vez:
alegría, miedo, tristeza, mucho más miedo, inquietud, amor, belleza, más belleza.
Te colaste en las rendijas de todos los sentimientos:
lloro si lloras, río si ríes, callo si hablas,
cuido hasta tu respirar,
mi mano en tu pecho anhelando un sonido conocido.

Viniste a complicar mis días, 
corregir mis noches,
cambiar mis hábitos,
despertar mi ternura,
aportarme orgullo,
desatar mis nervios,
desatar mis lágrimas,
obligarme a estudiar,
obligarme a saber,
obligarme a vivir.

Viniste a completarme el alma,
esa que se marcha contigo y regresa vigilante,
como tú regresas a mi lado, tras la madrugada.

Carmen Martagón ©

Comentarios

  1. ¡Qué portentosa es la maternidad! Darse, multiplicarse, abrirse en canal y sin sutura posible para siempre. Felicidades y enhorabuena por el poema, del que subrayo: despertarme, despertarme, despertarme...
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Gracias, Francisco. Hay letras que salen del alma y se juntan para hablar de ellos. Me alegra infinito que te guste. Un abrazo fuerte.

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