domingo, 2 de julio de 2017

Llueve la vida

Hoy llueven versos,
y entre las líneas que empapan mi cuaderno,
—ése pequeño,
de pastas amarillas—
he leído tu nombre.


He recogido las estrofas de los charcos,
antes de que los niños salten
y enturbien los recuerdos de tu risa,
los árboles hidratan sus hojas
para escribir en ellas
los juegos de infancia de los parques,
aquellos besos a escondidas
bajo su tronco olvidado y centenario.

Sobre el columpio,
se escribieron las risas de luna
en nuestras tardes de niñas,
y entre la arena,
donde jugábamos a ser madres,
la comida me ha sabido salobre,
como las lágrimas.

Hoy llueven cuentos,
la casita no es de chocolate
pero no perdió el olor a infancia,
la inocencia del primer sonrojo,
el asombro ante la caricia,
la sonrisa muda tras el primer beso,
ése que apenas roza la comisura
y que se queda para siempre
prendido entre los dedos.

Hoy me llueve la vida,
sobre las líneas de esta piel
en cuarentena,
sobre el dedo anular hoy despoblado,
sobre el papel que ya apenas recuerda
a esa niña, que escribe entre las nubes
la historia de aquel beso,
con sabor a regaliz
y a dulces sueños.

Carmen Martagón ©

Distancia

Nada me dicen las fotos silenciosas,
las sonrisas de esos novios despistados,
ni los cielos más azules o nublados,
provocadores de tantas mariposas.

Se ha perdido nuestro amor entre esta ausencia,
en ese bosque de negras soledades,
en la espesura de las medias verdades
y en la premura de nuestra inexperiencia.

No vibra ya la piel al roce del otro,
ni se acelera el pulso en la cercanía,
se resiste el convivir de cada día
y ahora es solo tú o yo, nunca un nosotros.

Cuando pasen los años, llegue el olvido
y bebamos de otros labios sin saberlo,
tú, recordarás mi boca sin quererlo,
yo, jamás podré olvidar que te he querido.

Carmen Martagón ©

Nieve



Allí donde la nieve nos hizo resbalar a carcajadas,
allí donde encontré la llave que me abrió a la adolescencia,
en aquel lugar plagado de recuerdos,
metí mis sentimientos a empujones
en el corazón roto a fuerza de nostalgia. 


Allí donde se me hundió la vida,
seguirá nevando, llenando de frío
las paredes desiertas, ausentes de cuadros.
Yo sigo esperando que el calor derrita la nevada,
esta que se ha instalado aquí en mi pecho.

Por eso, busco tu abrazo
en los cuerpos extraños que me voy encontrando,
a lo largo de esta carretera interminable,
que es mi vida....

Carmen Martagón ©

Arena



Tú, yo,
este mar en calma que nos une,
esa brisa fresca del verano
y la tranquila línea de la otoño
que suaviza los atardeceres.

Y, aquí estamos, en un hermoso rincón,
donde el sol se ha escondido
para dejarnos a solas,
perdidos de amor, entre la arena.

Carmen Martagón ©

Huellas




Mientras se marquen mis huellas en tu orilla,
tú seguirás amando mi recuerdo.
Un día, llegará el viento sin retorno,
para llevarse esta senda grano a grano.

Yo, entonces, solo seré arena entre los dedos,
incordiando en la piel de los que sueñan.

Cualquier día, volverán a tu memoria
los instantes fugaces de silencios
y así, regresaré como una sombra,
allá dónde solo llegue el viento.
Carmen Martagón ©

sábado, 1 de julio de 2017

A ESCONDIDAS



 A ESCONDIDAS
Mi nombre es Luis, estoy en la frontera entre la madurez y la vejez. Me siento en esa franja de edad, en la que todos afirmamos, con una sonrisa forzada, que estamos en nuestro mejor momento. En realidad, desearíamos, con toda el alma, no haber pasado los treinta. Como dice mi madre, peino canas, y las patas de gallo no me dejan restarme años, tal vez, tres o cuatro para ligar. Prefiero las salidas para tomar unas cervezas al sol de otoño, a esas noches desenfrenadas en bares, sin apenas luz y la música demasiado alta. Sí, definitivamente ¡estoy mayor!
Soy profesor de inglés en un instituto de Secundaria y Bachillerato, juego al Pádel, a diario, para descargar el estrés laboral. Vivo solo en un precioso ático del centro de la ciudad y soy gay. En realidad, nunca he salido del armario. No sé por qué razón sigo guardando para mí, para mis amantes ocasionales y mi hermano mayor, mi tendencia sexual, condición o como le quieran llamar. No veo la obligación de explicar con quién me beso, me acuesto o me rozo. Mi hermano siempre dice que no tengo la necesidad de abandonar el rincón del armario, porque no encontré a la persona adecuada. Es probable… A veces, me detengo a pensar en la reacción de mis padres o mis compañeros de trabajo, si llegaran a enterarse. En más de una ocasión he soñado con personas que me señalaban con el dedo y me llamaban “maricón”. ¿A quién demonios se le ocurriría semejante vocablo?
En estos primeros días estivales, a todas horas, hablan del “Orgullo gay”. Orgullo… Una de esas palabras con significados contrapuestos. Todas las veces que oí hablar de ella fue para colocarla en la hoja de los sentimientos negativos. El diccionario en su primera definición habla de exceso, y ya sabemos, porque nos lo han enseñado a fuego, que todo en exceso es malo.
Recuerdo, en mi paso por la antigua E.G.B. (Educación General Básica) a nuestra maestra, doña Pepita, una enamorada de frases y dichos populares. Ella nos enseñó una larga lista de refranes que explicaban, de forma enmascarada e indirecta, desde anécdotas meteorológicas hasta los hábitos menos saludables. Entre aquellos refranes había uno que me llamó especialmente la atención, porque lo había escuchado, más de una vez, cuando las familias se sentaban a la puerta, en las noches de verano: "Orgullo sin dinero, pozo sin agua, el candil sin aceite pronto se apaga". ¿Habría algo más inútil que un pozo sin agua y un candil sin aceite? Pero ese orgullo sin dinero, no lo entendía mi cabeza de apenas once años. Como buen investigador, emprendí la tarea de averiguar el significado de aquella primera parte del refrán.
Mi abuela materna, que era para mí, la persona más sabia de nuestra familia, cumplió mis expectativas y me explicó, de forma rápida y sencilla, el sentido del orgullo en aquel dicho popular.
—Habla de esas personas que miran por encima del hombro a los demás, se creen superiores y son más pobres que las ratas. Esos, no llegan a ninguna parte —explicaba la abuela mientras fregaba los platos del almuerzo.
—¿Dónde pretenden llegar? —preguntaba yo, con esa curiosidad infantil y la norma de recoger lo explicado al pie de la letra.
—Es una forma de hablar. Me refiero a que quieren ser importantes, tener los mejores coches, lucir mejores ropas, vivir en magnificas casas y alardear de ser más que los demás. Pero para todo eso hace falta dinero.
Pese a la explicación, yo seguía sin entender la relación entre el orgullo y el dinero. ¿Era necesario ser rico para sentirse orgulloso? ¿Era lo mismo sentir orgullo que ser orgulloso? No sé si existe respuesta a todo esto.
Un día, no sabría decir el momento, me sorprendió conocer que es posible sentir orgullo como forma de amor. Aprendí aquella frase que encierra tanto bonito "Estoy orgulloso de ti" Creo que nunca nadie me la dijo, pero sí pude sentirla en la mirada de mi madre cuando acabé la carrera o en el abrazo de mi abuelo, aquella vez que gané una medalla. Después, descubrí que no solo los demás pueden estar orgullosos de tus logros o tu forma de ser, también es importante, y casi obligatorio, sentir orgullo o sentirse orgulloso u orgullosa de: ser, vivir, encontrarse, etc.
A veces, me pregunto si mi familia sentiría ese orgullo hacia mí, en el caso de conocer mi secreto, si supieran quien soy y cómo siento. Creo que, a estas alturas de mi vida, no me apetece comprobarlo.
Hoy la palabra orgullo nos recuerda, que debemos amarnos tal como somos. En definitiva, se trata solo de amor y nada tiene que ver con dinero, pozos o candiles apagados. Estoy orgulloso de quien soy, aunque no lo muestre, aunque siga en el armario, aunque ame a escondidas. ¿A quién le importa?

Carmen Martagón 

domingo, 18 de junio de 2017

Hasta que la muerte...



Despierto confusa, en medio de la nada. No sé dónde estoy. La luz no me deja abrir los ojos. En este instante, no puedo recordar. Apenas sé quién soy, ni qué hago aquí. No soy capaz de pensar, no quiero pensar. Me duele todo el cuerpo, tal vez de dormir acurrucada, como un bebé en el vientre de su madre, protegiéndome del relente de la noche. Siento las manos agarrotadas de sujetar las solapas de mi chaqueta vaquera, intentando evitar que el frío se me instale en el pecho.
            Pienso en mi madre, ¡mamá! No dejo de llamarla en mi mente, para espantar los fantasmas. Llamarla reconforta, aunque sé que no vendrá para guardarme sobre su regazo. Quisiera tenerla cerca, oler su fragancia a rosas de pitiminí, un olor dulzón que inunda los sentidos, lo paladeas e incluso puedes oírlo. Mi madre huele a dama de noche, a jazmines en flor y a pan tostado en las mañanas.
            Ya no le temo al viento, en estos veinte años de matrimonio perdí el miedo a todo, excepto a él… Él, ese ser extraño en el que se ha convertido mi marido, alguien sin alma, con los ojos vacíos, oscuros, donde no hay forma de asomar, aunque lo intentes.
            Abro los ojos despacio, trato de acomodar la visión a la claridad y veo frente a mí el inmenso valle donde he vivido desde que nací. Las verdes laderas repletas de encinas, entre las que jugaba cuando era pequeña. ¿Cuánto tiempo ha pasado? El correr de los años hace mella en mi memoria, pero las vivencias de niña siguen ahí, intactas, conmigo. Recuerdo el sonido del viento al bajar desde las montañas, adentrándose en el pueblo para recorrer las calles. Puedo verme siendo una niña, estoy en casa. Mamá me abraza, hablándome con dulzura para calmar mis miedos. El aire ruge fuera y mueve las persianas del balcón. Con cada rugido, mi cuerpo pequeño se encoge, aún más, para apretarse contra mi madre.
            Fue mamá quien me regaló aquel bonito libro sobre Pandora y sus vientos: el cálido viento del Sur que traía calor para arroparnos, el del Norte portador del frío, el del Este que arrastraba penas y alegrías y, finalmente, el viento del Oeste cargado de palabras, mensajes para el alma. Todos esos vientos habitaban en el cuerpo de Pandora, dotada con las facultades más hermosas y llamativas. Su curiosidad destapó la caja, donde Zeus había encerrado todas las desgracias capaces de destrozar la vida de los humanos: la fealdad, la mentira, el odio, la tristeza o el dolor. Con aquella imprudencia Pandora marcó nuestras vidas.
            Leyendo ese libro, mi madre me enseñó cómo entender a los vientos. Aquellas noches de tormenta, cuando el vendaval azotaba nuestro pueblo, jugábamos a adivinar qué traía cada ráfaga hasta nuestra ventana.
             —¿Oyes, mamá?, este nos habla de días felices —decía yo cuando dejaba de soplar.
             —Este otro, quiere contarte un cuento para que vayas tranquila a dormir. Duerme cariño —susurraba mi madre, cuando cesaban de vibrar los cristales de mi ventana.
           
No puedo recordar en qué momento abrí la caja de Pandora, y las desgracias del mundo se instalaron en mi hogar. Tal vez, fue mi curiosidad la que desató la furia más cruel en mi marido. Quizás, cuando le pregunté por qué volvía tarde a casa, o no entendí por qué razón no le gustaba el vestido azul, que compré para la boda de mi mejor amiga. Lo rompió en mil pedazos. Fue la primera vez que su mirada no era humana. Primera, de otras muchas, en las que salió de casa dejándome acurrucada junto al sofá, con la cara surcada de lágrimas y sangre. Fue la primera vez que el miedo se pegó a mi cuerpo, ajustándose a mi piel, como aquel vestido de novia que me acompañó, al iniciar nuestra vida de mentira.
            La brisa me devuelve olor a tierra mojada y, solo entonces, me doy cuenta de que siento frío. Ha debido llover durante la noche y tengo la ropa empapada ¿qué hago fuera de nuestro hogar? ¿Dónde voy a ir? No tengo ningún lugar al que acudir.  Debería volver a casa para darme una ducha. Me pondré ropa limpia, tomaré un café caliente y me sentaré a pensar. Es más fácil pensar con una taza de café entre las manos. Aunque, en los últimos meses, solo pienso en marcharme. Desaparecer… Ser nada… Él, siempre lo dice: no soy nada, no sé hacer nada.
Mejor vuelvo a casa, le pido perdón por desaparecer toda la noche, estará preocupado. A su lado me encuentro segura. Alguna vez se le va la mano, le pongo nervioso y es incapaz de controlarse, pero me quiere. Es mi marido, ¡tiene que quererme!

Ana fue encontrada envuelta en plásticos y semienterrada, en un paraje cercano al pueblo donde vivía. La lluvia de la noche removió la tierra y sacó el cuerpo a la luz. Gracias a esta circunstancia, su familia pudo saber de ella pocos días después de su desaparición. Su marido, fue detenido unas semanas más tarde y está en espera de juicio.
Cuentan que, en el entierro, el aire sonaba entre las calles del pueblo como un susurro. En el relato de aquel día, hay quien asegura que distintos vientos pasaron por allí. El viento del Norte se posó en las frías manos del asesino, mientras portaba el ataúd entre falsas lágrimas. El viento del Sur arropó a los hijos y familiares de Ana, para darle el calor necesario en tan duros momentos. Desde las tierras del Este, una brisa asomó para llevarse el dolor y traer bonitos recuerdos. Cuando todos volvían a sus casas, algunas mujeres de ojos enrojecidos, miradas perdidas y miedo en el cuerpo, recibieron el susurro del viento del Oeste, que les removió el pelo y el alma. Ese viento amigo les trajo un mensaje de Ana: “que sea la vida la que nos separe... ¡Vive!”. 


Carmen Martagón ©

sábado, 17 de junio de 2017

NO TODO ES SOL



A veces lluevo
y es un aguacero mi memoria,
me envuelvo de nubes
que llenan de sombra el pensamiento
y oscurecen el sol de mi sonrisa. 


A veces lluevo,
sobre la llanura de mi pecho ardiente,
apagando el deseo que me despierta
en las horas mágicas de tus caricias.

A veces lluevo
sobre la luz de mis amaneceres,
en el ocaso que no consigo ver
por la tormenta,
o entre la arena mojada de tu orilla.

No todo es sol
aquí en mi vientre,
las mariposas no se encuentran
entre las hojas negras del recuerdo.

No todo es sol
en mis mañanas,
muchos días, ni el café espabila mi letargo
y no me abandona el hormigueo,
que se instaló en mis dedos
con la rabia.

Menos mal que existe el arcoiris,
para devolverle los colores
al ardor de mis ojos apagados,
a mis manos
y a la delicada piel de mis mejillas.

Menos mal que llueve aquí en mi rostro,
se inunda la mirada en un segundo
y avanza el aguacero,
refrescando el calor de mis mejillas,
mojando hasta estos labios ya resecos.

Menos mal que a veces lluevo en primavera
y entre las hojas desprendidas de mi otoño.

Y lluevo queriendo,
a propósito,
a conciencia.

Carmen Martagón ©

Inventar un sueño...



Soñé con las calles donde el amor se pierde,
allí, donde las madrugadas
guardan el color de mi pasado,
ralentizan los días,
dando sentido al tiempo.


Soñé con la lluvia, adoquines mojados,
con pequeñas aceras y portales que se abren a la vida,
en una calle repleta de voces
con el olor añejo de los días vividos.

Sí,
he soñado contigo,
tú, yo y un paraguas olvidado,
bajo la fina lluvia
que salpica mis sandalias de niña.

Soñé con nuestro amor
en hermosos rincones escondidos,
con la luna de noche,
con las nubes que jugaban en el cielo a ser distintas
o que tú me inventabas entre la hierba fresca de los días.

Sí, he soñado contigo
con trémulas caricias de niños sin sentido
y esos besos amantes inventados
que alguna vez nos dimos.

Carmen Martagón ©

Grandes males



Me he enamorado de la gota que salpica mis cristales,
del susurro del viento en el otoño,
de los charcos que bañan las aceras
y de todas las carcajadas que han sonado
en las cuatro paredes de esta casa. 


Me enamoré, sin remedio,
de las leves huellas
que dejan tus pasos por el piso aun mojado,
de tu llanto silente, cuando aparcas la rabia
y el dolor se sosiega,
de tu boca apretada ante los grandes males
de pequeños remedios.

No he subido a este tren
a buscar una cura para las soledades,
ni arañar el consuelo que calmará los días,
ni a beberme la luna a sorbo de desaires...

Prefiero quedarme,
con el momento efímero
que jamás regresa,
con el abrazo tierno
cuya esencia perdura
aunque ya ha terminado,
con la gota de lluvia que resbala gozosa,
con tu boca y tus ganas
y el susurro del viento que me cuenta secretos.

Carmen Martagón ©